Esa mañana
se levantó temprano. Era de esos días en lo que no se despertaba cansada, sino
con ganas de saltar de la cama, abrir la ventana y gritar al mundo. El día
había llegado. Se había terminado el llorar y lamentarse. Era el momento de
afrontar el dolor de otra manera.
Se dio la mejor ducha en muchas semanas, se
vistió de forma sencilla, se recogió el pelo y se miró al espejo. Por primera
vez en mucho tiempo se veía con buen aspecto. Sólo faltaba hacer una cosa más.
Sacar su maleta. La abrió sobre la cama y comenzó a pensar qué llevarse. No
sería como otras veces, llevaría cosas únicamente imprescindibles. Para
empezar, un puñado de trapos variados y básicos. Necesitaría ropa nueva. Casi
toda le recordaba a él, y eso no podía ser. Pensaría en él a cada minuto sin
falta de mirarse al espejo cada mañana. Al terminar de introducir la ropa, se
concentró en aquellas cosas que no podía dejar atrás: el colgante de su madre,
el reloj de su padre, sólo cosas que no quería dejar atrás. También la cámara
de fotos. Miró las montañas de libros. No podía llevárselos todos. Así que
decidió no llevarse ninguno. Comenzaría una nueva colección allá donde fuese. A
continuación, se acercó al armario, y de
allí sacó un álbum de fotos. No se lo llevaría, empezaría uno nuevo. Tenía muy
claro lo que hacer con él. Solamente cogió una fotografía . En ella aparecían
dos jóvenes sonrientes, con el panorama
de una ciudad a sus espaldas. La miró
una última vez y la guardó en su cartera. Por último, cogió todos esos ahorros
que tenía preparados para tal importante ocasión. Sostenerlos entre sus manos durante unos
largos segundos le hicieron sentir la real consciencia de que tenía los medios
y la voluntad juntos por fin para emprender su designio.
Y allí
estaba. En pie, preparada para hacer aquello sobre lo que durante meses había estado
reflexionando. Miro a su alrededor, recorrió la casa. Para ella, aquello no era
ya su hogar. Pero eso no lo entristecía. No era el momento de tener un hogar
concreto. Tenía una idea. Una maravillosa
idea.
Es un día
gris. El tren se mueve silente bajo la incesante lluvia. En uno de los vagones
resuenan las conversaciones de los pasajeros y el llanto de un bebé. Pero una
mujer que viaja sin compañía se encuentra distraída con sus pensamientos. Sobre
su regazo se halla un álbum repleto de fotografías las cuales contempla, su
expresión serena. En las fotografías siempre está la misma protagonista: ella.
Junto a un grupo de familias africanas, en una barca entre los fiordos
noruegos, frente a la Muralla China. Y mientras se observa a sí misma evoca
aquellos increíbles momentos. Las caminatas por Atacama, los gélidos amaneceres
groenlandeses, las noches en Río... Cuántas aventuras y experiencias. Ya han
pasado tres años desde que emprendió su marcha. Ese ha sido el tiempo que le ha
llevado prepararse para volver.
La mujer
rebusca en su mochila hasta encontrar su cartera. De ella saca su fotografía
más preciada. Sí, estaba volviendo, pero no a casa. Las ruedas de aquel tren la
estaban conduciendo al primer lugar que con él descubrió. Se sentía con fuerzas
para poner pie sola en el lugar donde juntos estuvieron hacía ya bastante
tiempo. Se sentía con fuerzas para
recorrer una vez más todas aquellas calles que antes ya disfrutaron, para
redescubrir tan hermosa ciudad, la cual se había vuelto más hermosa al
conocerla con él. Éste era su último homenaje. Un tributo que sentía necesario
hacer por todo que significó en su vida. Su amor. Que no va a estar nunca más.
Nadie sabe qué ocurrió con aquella mujer, ni si volvió a su
casa, o si se quedó en la hermosa ciudad. Lo único que os puedo decir es que fue feliz
el resto de su vida. Pese a haber sentido un gran sufrimiento cuyo vestigio
permanecería en su corazón, fue feliz. Amó de nuevo, de mil maneras. Aunque esa
es otra historia.
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