El vello que, al erizarse, me dice que es simplemente extraordinario.




viernes, 18 de enero de 2013

Home is where your heart is


Esa mañana se levantó temprano. Era de esos días en lo que no se despertaba cansada, sino con ganas de saltar de la cama, abrir la ventana y gritar al mundo. El día había llegado. Se había terminado el llorar y lamentarse. Era el momento de afrontar el dolor de otra manera.
 Se dio la mejor ducha en muchas semanas, se vistió de forma sencilla, se recogió el pelo y se miró al espejo. Por primera vez en mucho tiempo se veía con buen aspecto. Sólo faltaba hacer una cosa más. Sacar su maleta. La abrió sobre la cama y comenzó a pensar qué llevarse. No sería como otras veces, llevaría cosas únicamente imprescindibles. Para empezar, un puñado de trapos variados y básicos. Necesitaría ropa nueva. Casi toda le recordaba a él, y eso no podía ser. Pensaría en él a cada minuto sin falta de mirarse al espejo cada mañana. Al terminar de introducir la ropa, se concentró en aquellas cosas que no podía dejar atrás: el colgante de su madre, el reloj de su padre, sólo cosas que no quería dejar atrás. También la cámara de fotos. Miró las montañas de libros. No podía llevárselos todos. Así que decidió no llevarse ninguno. Comenzaría una nueva colección allá donde fuese. A continuación, se acercó  al armario, y de allí sacó un álbum de fotos. No se lo llevaría, empezaría uno nuevo. Tenía muy claro lo que hacer con él. Solamente cogió una fotografía . En ella aparecían dos jóvenes sonrientes, con el  panorama de una ciudad a sus espaldas.  La miró una última vez y la guardó en su cartera. Por último, cogió todos esos ahorros que tenía preparados para tal importante ocasión.  Sostenerlos entre sus manos durante unos largos segundos le hicieron sentir la real consciencia de que tenía los medios y la voluntad juntos por fin para emprender su designio.

Y allí estaba. En pie, preparada para hacer aquello sobre lo que durante meses había estado reflexionando. Miro a su alrededor, recorrió la casa. Para ella, aquello no era ya su hogar. Pero eso no lo entristecía. No era el momento de tener un hogar concreto.  Tenía una idea. Una maravillosa idea.



Es un día gris. El tren se mueve silente bajo la incesante lluvia. En uno de los vagones resuenan las conversaciones de los pasajeros y el llanto de un bebé. Pero una mujer que viaja sin compañía se encuentra distraída con sus pensamientos. Sobre su regazo se halla un álbum repleto de fotografías las cuales contempla, su expresión serena. En las fotografías siempre está la misma protagonista: ella. Junto a un grupo de familias africanas, en una barca entre los fiordos noruegos, frente a la Muralla China. Y mientras se observa a sí misma evoca aquellos increíbles momentos. Las caminatas por Atacama, los gélidos amaneceres groenlandeses, las noches en Río... Cuántas aventuras y experiencias. Ya han pasado tres años desde que emprendió su marcha. Ese ha sido el tiempo que le ha llevado prepararse para volver.
La mujer rebusca en su mochila hasta encontrar su cartera. De ella saca su fotografía más preciada. Sí, estaba volviendo, pero no a casa. Las ruedas de aquel tren la estaban conduciendo al primer lugar que con él descubrió. Se sentía con fuerzas para poner pie sola en el lugar donde juntos estuvieron hacía ya bastante tiempo.  Se sentía con fuerzas para recorrer una vez más todas aquellas calles que antes ya disfrutaron, para redescubrir tan hermosa ciudad, la cual se había vuelto más hermosa al conocerla con él. Éste era su último homenaje. Un tributo que sentía necesario hacer por todo que significó en su vida. Su amor. Que no va a estar nunca más.
Nadie sabe qué ocurrió con aquella mujer, ni si volvió a su casa, o si se quedó en la hermosa ciudad.  Lo único que os puedo decir es que fue feliz el resto de su vida. Pese a haber sentido un gran sufrimiento cuyo vestigio permanecería en su corazón, fue feliz. Amó de nuevo, de mil maneras. Aunque esa es otra historia.