No hay un sitio donde refugiarse del insistente sol, todo a su alrededor arde con el contacto, ni siquiera una pequeña sombra donde refugiarse del intenso calor. Nada se puede hacer, al menos, eso creían.
Nada hay más aliviante,
pues, que lo que ocurriría a continuación. Esperado y recibido como un
refrescante milagro, una lluvia repentina, agradable y salvadora, que
acaricia los rostros y descongestiona el ambiente.Disipa el agobio y mitiga la presión que en la cabeza, hasta el momento, sentían.

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